Linea Oeste

Hablemos de extractivismo urbano

26/10/2026
Hablemos de extractivismo urbano

“Quieren quitarme el río y también la playa, 

quieren el barrio mío y aue tus hijos se vayan…”

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“Lo que le pasó a Hawaii” (frag.)  Bad Bunny

 

Necesitamos, para abordar este tema, remitirnos a las prácticas colonialistas de la expansión europea occidental cuando un viaje en busca de especias terminó con la sorpresa de todo un continente, con sus culturas, sociedades, conocimientos matemáticos, astronómicos y demás, ciudades, estados y aun imperios.  

Que bien le vino esto a una Europa empobrecida por la peste del siglo XIV, las guerras internas, y por si esto fuese poco, la imposibilidad de llegar al Oriente de las especias. Básicamente, las prácticas extractivistas coloniales consistieron siempre en apropiarse de lugares y personas, aplicando la violencia, con el fin de obtener riqueza.  Esta riqueza, que engrosaba las arcas de los reinos europeos, consistía en productos naturales, minerales, metales y piedras preciosas, maderas, animales y personas.  Las personas eran un ítem más en los inventarios de los barcos que desde diversos lugares del mundo confluían en puertos europeos.  

Nuestro país, la Argentina, así como los estados que tienen un origen histórico colonial, conserva en el inconsciente colectivo, adecuadamente colonizado, en primer lugar la presunta superioridad europea, a la cual se agregan después de la Segunda Guerra Mundial los EEUU, por prepotencia armada. No vamos a desarrollar acá como es que esto se mantiene y es naturalizado, ya que es tema para otro artículo.  La segunda cosa tiene que ver con la relación del ser humano con la Naturaleza, con una concepción de la misma que la pone a nuestra disposición como si fueran góndolas de un supermercado, de las cuales podemos servirnos sin preocupaciones, ya que de la reposición y el abastecimiento se ocupan otros.   Esta es una mirada netamente mercantilista, que olvida el hecho que nosotros en tanto seres vivos, somos parte de la Naturaleza.  Y  que la depredación, las matanzas, la contaminación, la extracción masiva de minerales no solo desequilibra las relaciones entre el suelo del planeta sobre el que vivimos, sino que produce serias modificaciones, todas graves para la Vida en general, que nos incluye, y algunas de ellas letales.  Tal vez a largo plazo, pero que suceden, suceden.   

Los ejemplos de extractivismo más fácilmente reconocibles son la minería y la tala de bosques.   ¿Estoy diciendo que no se puede hacer? No. Digo que debe hacerse en condiciones controladas, para evitar mortandad humana y de otros seres vivos por envenenamiento de aguas, modificaciones en los ecosistemas, cambios en regímenes pluviales por exceso o por defecto, y porque por sobre todo son emprendimientos que proveen una falsa sensación de prosperidad, que se termina cuando se termina el recurso o el sitio se hace invivible, y es entonces cuando las empresas se retiran, dejando su rastro de destrucción, en la mayor parte de los casos irreparable.  Y además la mayor parte de estas empresas proveen pocas fuentes de trabajo en relación a la riqueza obtenida, riqueza que migra a los países con historia de coloniaje, sin que los verdaderos dueños de la tierra y sus frutos, en este caso vamos a decir los argentinos, pero el método extractivista es el mismo en cualquier lugar del mundo, vean aumentada su calidad de vida.  Y falta agregar la esclavización del trabajo, que acompaña a la globalización y deslocalización de la producción.  Prendas de marca son producidas por niños indonesios (por ejemplo) que trabajan por la comida.  ¿Parece el siglo XIX? Sí, parece: perfeccionado, globalizado y con una crueldad instalada históricamente, naturalizada e invisibilizada.   

Pero como la extensión de los bosques es limitada, la cantidad de minerales no es infinita, el petróleo se agotará algún día, y así, aquellos que apuntan al aumento de sus riquezas personales, encuentran en otros medios la oportunidad de aplicar este extractivismo. 

Y vamos a observar como opera el extractivismo en los medios urbanos.  Una de las vías es la turistificación de las ciudades.  Esto significa, implementar modificaciones seleccionando aquello que es atractivo para los turistas, sin tener en cuenta cuestiones identitarias de la población local.  Sin proveer por otra parte, trabajo calificado, ya que los puestos salvo excepciones, son de servicios, administrativos, tal vez algún guía de turismo.  El costo es el desplazamiento de población, que es siempre una forma de violencia, el encarecimiento de todo porque no se discrimina entre el local, que cobra un sueldo de maestrx o jubilación, y los que bajan por unas horas de algún crucero para llevarse un souvenir.  A esto hay que agregarle el encarecimiento de la vivienda debido a la oferta de alquileres temporarios, la imposibilidad de acceso a la compra, y el alejamiento geográfico del lugar en que se había elegido vivir, ya drásticamente modificado a la manera de una escenografía, a la que se le fue el alma.  Este proceso se llama gentrificación.  

Otra forma de extractivismo urbano, es la paulatina privatización de los espacios públicos, ya sean estos parques y plazas, con la pretensión muchas veces cumplida de la instalación de bares, como si no bastara con los árboles y los pájaros.   Con la instalación de rejas, con los food trucks cuyos olores tapan el aroma de las plantas, con la producción de espectáculos en lugares como el Jardín Botánico, como si los seres vivos, animales y vegetales que allí habitan pudieran ser usados sin respetar tiempos de luz y oscuridad, sueño, invasiones planificadas a las que no se accede fácilmente, debido al costo de las entradas. 

En esta avanzada de apropiación de espacios naturales, no podemos dejar de mencionar la costa del Río de la Plata (hablo de la Ciudad de Buenos Aires, pero el método es semejante en ciudades como París, Venecia, y otras, que teniendo en cuenta el deterioro identitario y físico que esto produce, y considerando que una vez deterioradas se ha matado a la gallina de los huevos de oro, elaboran legislación preventiva con dos objetivos: la protección de los habitantes y la protección del paisaje urbano); volvamos a la costa del Río, y basta ver las audiencias públicas  con miles de participantes ante la avanzada inmobiliaria propiciada desde el estado municipal y en contra de la ciudadanía,  que defendió el libre acceso y la libertad de circulación en la zona de Costa Salguero, el barrio Rodrigo Bueno y su derecho a permanecer, los proyectos de mega torres en Costanera Sur, una barrera para la circulación de aire en la CABA, y la Reserva Ecológica, siempre en la mira de los desarrolladores inmobiliarios y la industria de la construcción.  Debo decir que la palabra desarrollo no tiene siempre connotaciones positivas, sobre todo si se usa de modo ambiguo para justificar conductas extractivistas  sobre el precio de la tierra y los metros cuadrados edificados.  Y sepamos que cuando dicen tierra, es posible que hablen del terreno sobre el que está la casa en que vivimos actualmente, terrenos que consideran vacíos, aptos para planes futuros.  Como Roca y el Desierto.  Que tampoco estaba desierto.

Hay que agregar a esto trabajos realizados en la vía y espacios públicos, no siempre necesitados, muchas veces rechazados, que tienen que ver con esta idea decimonónica de desarrollo, que además cumplen con otro objetivo, relacionado con la identidad: el borrado de la memoria urbana.  La homogeneización y estandarización del paisaje produce habitantes anónimos, sin raíces, sin memoria de los recorridos, los amores, los cafés, los cines.  Cuando nuestra historia no tiene raíces, no se vincula a los lugares, no hay memoria, tal enajenación nos expropia el sentido de pertenencia, nadie defiende lo que no ama, y no se ama lo que no se conoce.  El resultado es una ciudad que es un coto de caza para las ya mencionadas industrias de la construcción e inmobiliarias, siempre de la mano.  

Por último, y relacionado también con el espacio público, siempre la CABA fue lugar de cultura.  En parques, plazas, centros culturales, pintura de murales, ensayos de circo, murga, músicos callejeros, ferias artesanales.   Pero desde un criterio mercantilista, según el cual un bien cultural es bien de mercado, por el cual se debe pagar para acceder, la mayor parte de las propuestas culturales en espacios públicos rondan en torno a la comida.   Que si bien es parte de la cultura de un pueblo, es solo una parte.  Y se restringen o se reprimen expresiones colectivas tales como las murgas y la pintura de murales.    Esta es una parte del extractivismo urbano menos evidente, ya que podemos ver la instalación de los inútiles e importados bolardos, la extracción de árboles sanos, como en la 9 de Julio, el cemento que pagamos con nuestros impuestos en plazoletitas secas que son obstáculos, bancos de diseño hostil que evita reuniones y planificación urbana que no contempla en general las verdaderas necesidades de la Ciudad.  Y esto es extractivismo porque todas estas estructuras están construidas por empresas tercerizadas, o en el caso del mobiliario urbano, hay proveedores del mismo.  Enriquecimiento a costa del espacio público y el dinero de los impuestos.  Extractivismo.

Es invisible, o menos evidente, el cambio de modalidad en espectáculos, actividad en centros culturales, o reemplazo de música o danza por ferias gastronómicas.  El cambio es paulatino, pero produce efectos, es performativo.

En la zona de Parque Avellaneda  se pudo vivir de cerca una situación de este tipo, con la instalación de un “metrobus” sobre Avda. Alberdi, a contrapelo de los vecinos, de las necesidades del barrio, y aun empeorando las condiciones de circulación sobre dicha avenida.   No fue peor gracias a la participación vecinal, que hasta hizo inventario de los árboles en peligro.  Y hubo una jueza que se enteró que el Parque es Área de Protección Histórica, y que no se podía modificar nada ahí ni en la zona de amortiguación.  Y los vecinos también se enteraron. 

Concluyo: quienes aplican este tipo de conductas económicas tienen como finalidad el propio enriquecimiento, raras veces piensan en quienes habitan el lugar, más bien los habitantes son una molestia, un obstáculo.   Pero debemos saber que los verdaderos dueños de la Ciudad somos quienes la habitamos.  Que tenemos derecho a defenderla ante el borrado del paisaje urbano, ante la apropiación de lo público, ante la minimización de la cultura y sus expresiones. Ante la intención no expresada de que nosotros nos vayamos, y nuestros hijos también.

 

Cristina Sottile

Antropóloga - UBA


 
 

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